La teoría del «Big Bang» se derrumba




«Abajo el "Big Bang"»; «La teoría del "Big Bang", desplumada y cacareando»; «Lo sentimos, la teoría del "Big Bang" no funciona»; «Un mapa desafía la teoría del universo»; «Nuevos datos de los astrónomos sacuden parte vital de la teoría del "Big Bang"»; «Los amontonamientos de Quasars hacen oscurecer la teoría cosmológica». Estos han sido los títulos de algunos de los artículos aparecidos en diarios y en revistas científicas durante los dos o tres años pasados, en los que la teoría del «Big Bang» ha ido recibiendo golpe tras golpe. ¿Y por qué no había de ser así? Sabemos que el universo no comenzó con un «Big Bang», con un gran estallido; acabará con un gran estallido, porque «el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche; en el cual los cielos desaparecerán con gran estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas» (2 Pedro 3:10). Así, los cosmólogos han fracasado miserablemente acerca del tiempo, de la naturaleza y de la causa del Gran Estallido.


La teoría del «Big Bang» o Gran Estallido, acerca del origen del universo, fue propuesta hace unos 50 años, y pronto se convirtió en el dogma del establecimiento evolucionista. Sin embargo, ha habido muchos disidentes, entre ellos el astrónomo británico Sir Fred Hoyle, el premio Nobel Hannes Alfven, y los astrónomos Geoffrey Burbidge y Halton Arp. Según la teoría del «Big Bang», hace unos 10 o 20 mil millones de años toda la materia y energía del universo estaba comprimida en un huevo cósmico, o bola de plasma, que estaba compuesta de partículas subatómicas y de radiación. Nadie sabe de dónde vino el huevo cósmico, ni como llegó ahí —sencillamente estaba ahí. Por alguna razón igualmente inexplicable, el huevo cósmico estalló. Al expandirse la materia y la radiación, según dice la teoría, se enfrió suficientemente para que se formaran los elementos, al combinarse los protones y los electrones para formar hidrógeno, de peso atómico unidad, y se capturaron luego neutrones, formándose helio de peso atómico cuatro. La mayor parte del gas que se formó era hidrógeno. Estos gases, se supone entonces, se expandieron radialmente en todas direcciones por todo el universo hasta que quedaron tan enormemente dispersados que había un gran enrarecimiento y una temperatura sumamente baja. No existían ni oxígeno, ni nitrógeno, fósforo, carbono, azufre, cobre, hierro, níquel, uranio, ni ningún otro elemento. El universo estaba compuesto esencialmente de gas hidrógeno. Entonces, por alguna razón, según se cuenta, las moléculas de gas que estaban lanzadas a una enorme velocidad en sentido radial comenzaron a derrumbarse unas sobre otras en áreas locales debido a la atracción gravitatoria. Las moléculas que se encontraban dentro de un espacio con un diámetro de alrededor de diez billones de kilómetros comenzaron formar una de tantas estrellas, y unos cien mil millones de estrellas se reunieron de una u otra forma para formar cada una de las supuestas cien mil millones de galaxias del universo. Nuestro sistema solar se formó hace unos cinco mil millones de años, más o menos, en base de una nube de polvo y gas que era el resto de estrellas más antiguas que habían estallado.


No existe ninguna explicación satisfactoria para ninguno de estos acontecimientos, pero los cosmólogos se mantenían firmes en su convicción de que todos estos maravillosos episodios finalmente permitirían unas explicaciones creíbles. Pero ahora la más grande de estas teorías, la del «Big Bang», ha sufrido una cruel suerte.


En base de la teoría del «Big Bang», los cosmólogos predecían que la distribución de la materia por todo el universo sería homogénea. Así, en base del llamado Principio Cosmológico, se postulaba que la distribución de las galaxias en el universo sería esencialmente uniforme. No importaba en que dirección se mirase, si se miraba suficientemente lejos, se vería el mismo número de galaxias. No aparecerían en el espacio ni arracimamientos de galaxias en gran escala ni grandes vacíos. Sin embargo, las investigaciones recientes han revelado enormes super-racimos o «superclusters» de galaxias e inmensos vacíos en el espacio. Existimos en un universo muy «inhomogéneo».


La actual crisis en las cosmologías del «Big Bang» comenzó en 1986, cuando R. Brent Tully, de la Universidad de Hawaii, encontró que había cintas de super-racimos de galaxias con una longitud de 300 millones de años-luz, y con un grosor de 100 millones de años-luz, extendiéndose por unos mil millones de años luz, y separadas por vacíos con una extensión de alrededor de 300 millones de años luz.1 Estas estructuras son demasiado enormes para poder ser producidas según la teoría del «Big Bang». A las velocidades a las que se supone que se están moviendo las galaxias, se necesitarían 80 mil millones de años para crear un sistema tan complejo, pero al universo se le supone una edad de entre 10 y 20 mil millones de años.


En noviembre de 1989, Margaret Geller y John Huchra, del Centro Harvard-Smithsoniano de Astrofísica, anunciaron los resultados de sus investigaciones. Su mapa del cielo revelaba lo que ellos llamaron la «Gran Muralla» —una gigantesca capa de galaxias de 200 millones de años-luz de anchura y 700 millones de años-luz de longitud.2 Se ha informado que un equipo de astrónomos americanos, británicos y húngaros han descubierto estructuras aún más grandes.3 Hallaron galaxias arracimadas en delgadas bandas con espacios de 600 millones de años-luz entre ellas. La pauta de estos «clusters» se extendía a través de un cuarto del diámetro del universo, o sea, alrededor de siete mil millones de años-luz. Esta pauta de enormes racimos y vacíos habría precisado de casi 150 mil millones de años para su formación, en base de su velocidad de movimiento, si hubiera sido producida por el mecanismo estándar de la cosmología del «Big Bang».


Aún más recientemente (3 de enero de 1991), Will Saunders y nueve colegas astrónomos publicaron los resultados de su examen global de todo el cielo de la deriva al rojo de las galaxias detectada por el Satélite Astronómico de Infrarrojos. Esta exploración reveló la existencia de un número muchísimo mayor de gigantescos «superclusters» de galaxias que el que puede ser explicado mediante las cosmologías del «Big Bang».4


En un intento de salvar la teoría del «Big Bang», algunos cosmólogos han inventado hipótesis para explicar los fracasos de sus hipótesis. Una de estas es la teoría de la Materia Oscura Fría (MOF). Según esta teoría, entre el 90 y el 99 por ciento de la materia del universo no puede ser detectada. Si existiera la MOF, daría la suficiente atracción gravitatoria para crear grandes arracimamientos de galaxias. Pero las estructuras descubiertas durante los últimos años son tan gigantescas que incluso si existiera la MOF, no podría explicar su formación. Saunders y sus colaboradores dicen, por tanto, que el modelo de MOF puede ser descartado con una confianza de al menos el 97 por ciento de certidumbre. En el mismo número de Nature en el que aparece el artículo de Saunders et al, aparece un artículo de David Lindley en la sección «News and Views» (Noticias y Opiniones) (pág. 14), titulado: «Cold Dark Matter Makes an Exit» [La Materia Oscura Fría se despide]. El cosmólogo del Instituto Tecnológico de California, S. George Djorgovski, tomando en consideración las observaciones astronómicas que entran en conflicto con la teoría de la MOF, afirma que es inevitable el abandono del concepto de la materia oscura fría.5


También muy recientemente, el Satélite Europeo-Americano Roentgen (ROSAT), detector de emisiones de rayos X, descubrió evidencias de gigantescos «superclusters» de quasares en el borde del universo, supuestamente de ocho a doce mil millones de años-luz de la tierra.6 El físico Paul Steinhardt, de la Universidad de Pennsylvania, afirma que «esto puede ser el comienzo del tañido a muertos por la teoría de la materia oscura fría». Incluso si existiese esta materia hipotética, seguiría sin poder explicar la existencia de estos gigantescos arracimamientos de quasars.


Si todo esto no fueran ya suficientes malas noticias para los cosmólogos del «Big Bang», los resultados del Explorador del Fondo Cósmico (COBE) debería hacerles desear que se hubieran dedicado a otro campo. En base de la teoría del «Big Bang» se había predicho que debería existir una radiación de fondo equivalente a unos pocos grados Kelvin. Y desde luego, en 1965, Arno Penzias y Robert Wilson, ingenieros de radio en los Laboratorios Telefónicos Bell en New Jersey, descubrieron una radiación de microondas de fondo de 2,7oK. Los cosmólogos evolucionistas se sintieron entusiasmados. Este descubrimiento fue considerado prueba del «Big Bang», y Penzias y Wilson recibieron los debidos Premios Nobel. Pero ahora parece que aquella radiación de fondo puede resultar una prueba adicional contra la teoría del «Big Bang» en lugar de su prueba.


Por cuanto la teoría del «Big Bang» predecía un universo homogéneo con la materia distribuida uniformemente por todo el universo (lo cual desde luego no es así, como se ha descrito más arriba), los cosmólogos evolucionistas predecían que la radiación de fondo sería totalmente uniforme. Esto es, no importa en que dirección se mire, la radiación de fondo sería la misma. Tal como se había predicho, la radiación de fondo era perfectamente uniforme. Los teóricos se sintieron muy complacidos, confiados de que esta radiación de fondo era el suspiro fósil del «Big Bang». Pero ahora resulta que el universo no es homogéneo, sino que es extremadamente inhomogéneo, con gigantescos «superclusters» de galaxias y grandes vacíos en el espacio; así, si la radiación de fondo fuera una consecuencia del «Big Bang», no debería ser uniforme, sino que debería ser más intensa en ciertas direcciones que en otras, indicando inhomogeneidades en el mismo inicio del universo, siguiendo de inmediato a los momentos iniciales del «Big Bang». Así, los astrónomos comenzaron a buscar diferencias en la radiación de fondo. Todas las mediciones mostraron que era perfectamente uniforme. Así, el COBE fue lanzado a una órbita a 900 kilómetros de altura sobre la tierra, provisto de instrumentos sensibles para medir la radiación de fondo. Pero los datos preliminares procedentes del COBE anunciados en enero no muestran evidencia alguna de inhomogeneidad en la radiación de fondo. Es perfectamente uniforme.7


«No hubieran podido darse procesos energéticos ningunos, ni desconocidos, que fueran lo suficientemente potentes para crear las estructuras a gran escala observadas por los astrónomos, ni para detener su movimiento lineal una vez creadas. Sencillamente, no hay manera alguna de formar estas estructuras en los 20 mil millones de años desde el "Big Bang".»8


Naturalmente, el rechazo de la teoría del «Big Bang» no desalentará a los teorizantes evolucionistas de proponer otras teorías. De hecho, ya se han propuesto teorías basadas en procesos de plasma y una teoría revisada del estado estacionario, para tomar el puesto de las cosmologías del «Big Bang».9, 10, 11


En último término, todas estas teorías fracasarán, porque «en el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn 1:1). «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.» (Sal 19:1.)



REFERENCIAS


1. R. B. Tully, Astrophysics Journal 303:25-38 (1986). Volver al texto
2. M. J. Geller y J. P. Huchra, Science 246:897-903 (1990). Volver al texto
3. E. G. Lerner, Aerospace America, Marzo de 1990, págs. 38-43. Volver al texto
4. Will Saunders, et al, Nature 349:32-8 (1991). Volver al texto
5. T. H. Maugh, II, Los Angeles Times, Edición de San Diego, 5 de enero de 1991, pág. A29. Volver al texto
6. R. Cowen, Science News 139:52 (1991). Volver al texto
7. Referencia 3, pág. 41. Volver al texto
8. Referencia 3, pág. 42. Volver al texto
9. Referencia 3, pág. 43. Volver al texto
10. A. L. Peratt, The Sciences, Enero/Febrero 1990, pág. 24. Volver al texto
11. H. C. Arp, G. Burbidge, F. Hoyle, J. V. Narlikar y N. C. Wickramasinghe, Nature 346:807-812 (1990). Volver al texto


VIA: http://www.sedin.org/propesp/X0047_3-.htm

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